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Puedes descargar el díptico con las oraciones de la celebración previa a la Cena APAL en este enlace (archivo pdf de 1,3 MB)
El niño que soñaba ser misionero
“Érase una vez un niño. No importan los años que tenía. Digamos que era de una edad indefinida (o sea, entre 8 y 80 años, más o menos).
Era un niño extraño, sin nombre y sin apellidos. Pongamos que era un anónimo al que le valían todos los nombres y a quien le venían bien todos los apellidos.
Este niño tenía un sueño: desde pequeño, él quería ser misionero. Pero no sabía qué tenía que hacer para conseguirlo.
Una mañana preguntó a su madre. Y ella le contestó: “Empieza por hacer bien las cosas que tienes que hacer cada día”.
Esa misma tarde preguntó a un amigo. Éste le respondió: “Procura ser siempre bueno y amable; ayuda a las personas que tienes a tu lado”.
Esa noche preguntó a un sacerdote, que le aconsejó: “Antes de dormir, lanza un beso al cielo y reza a Dios por todos los niños del mundo”.
El niño durmió plácidamente aquella noche. Cuando se despertó, comenzó a sonreir a todo el mundo; a hacer el bien con sencillez, sin que los otros lo advirtieran; a hacer pequeños favores sin que nadie se lo pidiera ni se lo agradeciera; a tener continuos gestos de ternura, de delicadeza, de compasión; a incluir cada vez a más personas en su corazón y en su oración. Y así continuó al día siguiente, y al otro, y al otro...
Desde entonces, a nuestro niño -ese que tú y yo llevamos dentro del pecho- unos le llaman hombre bueno; otros prefieren llamarle amigo; algunos le apellidan solidario. A él le gusta más otro nombre: misionero”.
Texto compuesto y enviado por Javier Jiménez (Chimeno), misionero en Tapauá, Brasil
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