Barro besado por la luz
No destacó por su estatura ni por su salud física. La musculatura de atleta —que sí poseía— torneaba su alma, no su cuerpo. Estamos ante un tipo genial, capaz de desfilar por la pasarela del tiempo durante 1650 años sin mostrar nunca un traje caduco, pasado de moda o raído. En efecto, dieciséis siglos y medio lleva ya Agustín paseando su corazón inquieto, apasionado, buscador, dilatado, enamorado y enamorador por la geografía escarpada de la humanidad y sus pobladores de variada biografía y plural condición.
El 13 de noviembre del 354 —hace, por tanto, ahora exactamente 1650 años— nacía Agustín en Tagaste, una localidad de la actual Argelia, próxima a la frontera con Túnez. De infancia despierta, apuró hasta el fondo y con fruición la copa ardiente de la juventud, esa estación alada y febril que Antonio Machado retrató como la blanca sombra del amor primero. Agitándose de amor en amor, acabó siendo seducido por el Amor: Por fin —nos cuenta el propio Agustín—, después de caminar errante tanto tiempo, cansado de peregrina fuera de Dios, sentí el beso de la Luz sobre mi vida. El 24 de abril, en la Vigilia Pascual del año 387, el obispo Ambrosio de Milán bautizó a Agustín.
Estudiante, profesor, afiliado a una secta, padre de familia, constructor de amistad, cristiano, monje, fundador de monasterios, sacerdote, obispo…, todo su currículum no es sino una peripecia vital de amor desbordado y desbordante. Antes y después de su conversión, Agustín no tenía otro motor que el de amar y ser amado. En el Dios cristiano encontró la brújula que buscaba, el timón que necesitaba, la Verdad que perseguía y el Corazón que anhelaba. Dotado de un endoscopio psicológico extremadamente penetrante, supo bucear en su interior con magistral hondura: Me he convertido en cuestión para mí mismo. ¡Dios mío, qué multiplicidad profunda e infinita! ¿Y esto es el alma? ¿Y esto soy yo mismo? ¡Una vida tan variada, multiforme y sobremanera inmensa!
Agustín es un perenne catedrático de la vida
Agustín es un perenne catedrático de la vida, haciendo realidad aquello que también sentenció Antonio Machado: Sólo la creación apasionada triunfa del olvido. El obispo de Hipona resulta todo un portento de trayectoria creativa y henchida de pasión: escritor exuberante, su obra más importante es su vida misma, un libro de barro besado por la Luz. Su voz encendida, africana y universal, resuena hoy con especial vigor, vertida con libertad en palabras imaginadas —que no falsas—, tan redondas como aguijoneadoras: Amé, amé mucho y sin descanso. Siempre encontré gente por los pasillos de mi corazón, pero Dios me amó de forma más exagerada. Soy hombre de origen, sembrador de esperanza, obligado a gritar que no hay noche eterna, que llevamos la luz bajo la piel y levantamos la ciudad de Dios con el sudor gris de cada día.
José Manuel Berruete
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